• Revista de comunicación política e institucional

MEJOR QUE DECIR ES HACER: DESVENTAJAS SIMBÓLICAS DE LA COMUNICACIÓN OPOSITORA

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Por Ignacio Ramírez (Sociólogo, Director del Posgrado de Opinión Pública y Comunicación Política FLACSO-Argentina) y Hernán Vanoli (Sociólogo y escritor. Editor de la Revista Crisis de análisis político y cultural).

Resumen
En la mayoría de los procesos electorales, las re-elecciones son la normas mientras que los triunfos opositores resultan excepcionales. Los autores reflexionan, desde una perspetiva comunicacional, sobre los desafíos que enfrentan las oposiciones a la hora de desafiar discursiva y electoralmente a los oficialismos. Ramírez y Vanoli alertan sobre la necesidad de evitar el modelo de Oposición Administrativa para aventurarse a las construcción de metáforas más potentes y radicales.

Palabras clave: oposición; metáforas políticas; asimetrías simbólicas; re-elecciones; gobiernos; comunicación.

 

En la mayoría de los procesos electorales, las re-elecciones son la norma mientras que los triunfos opositores irrumpen –e interrumpe tal regularidad– de manera excepcional. Algunos datos: en Estados Unidos la tasa de re-elección presidencial asciende, desde el siglo XX, al 75%; y en Latinoamérica de los últimos 20 presidentes que buscaron ser re-electos, 18 lo consiguieron.
Desde una perspectiva politológica el acento explicativo de esta inercia oficialista suele ponerse sobre la asimetría de recursos bajo la cual se enfrentan Gobierno y Oposición; el primero controla –o incide con gravitación– una serie de resortes instucionales, comunicacionales y económicos que le otorgan una ventaja a la hora de salir al campo de juego. Sin desconocer el inclinado plano institucional, en esta artículo nos interesa llamar la atención sobre una asimetría de otra naturaleza, a la que llamaremos el gap simbólico y por el cual toda oposición se encuentra, siempre, en condiciones de desventaja retórica a la hora de desafiar electoralmente a un Gobierno. Esto es, el lenguaje politico –las princiales metaforas que lo estructuran– juega a favor de los gobiernos. Desde que existe, bajo formatos y fraseos muy diversos, la comunicación política nos viene diciendo que mejor que decir es hacer, que a las palabras se las lleva el viento, que hechos sí, palabras no. En cualquier contexto o época, pueden encontrarse variaciones de esta idea central, que han ido sedimentando sobre el imaginario de los votantes una serie de representaciones favorables al que hace. En virtud de esas representaciones, cualquier Gobierno ocupa metonímicamente el lugar de la Acción, del Hacer mientras que la oposición queda relegada a un papel menos atractivo: el que dice, pero no hace. En este sentido, el lenguaje político tiene un marcado sesgo gubernamental, presidencialista y ejecutivo; en consecuencia los gobiernos tienen allanada la verosimilitud y receptividad social a la hora de desplegar la omnipresente narrativa según la cual el Gobierno avanza y la oposición interfiere, el Gobierno resuelve cosas y la oposición pone palos en la rueda. En este marco, ser oposición y sexy al mismo tiempo (virilidad gubernamental y esterilidad opositora es la anatomía constitutiva del discurso que estamos retratando) se vuelve muy dificil.

En síntesis, la competencia política se desarrolla bajo la regulación de estructuras retóricas y metafóras, más o menos universales, que agudizan las dificultades que tienen las oposiciones para generar un discurso potente y pregnante con cual configurar un deseo mayoritario de alternancia. Si el oficialismo gestiona la agenda mediática, administrando gran parte del humor social, y si además cuenta con la prepotencia de los hechos los caminos para enunciar desde posiciones opositoras no parecen ser sencillos.

Ahora bien, bajo estas condiciones discursivas ¿cómo es posible quebrar la inercia oficialista? Un punto de partida de toda aventura opositora debería radicar en asimilar el desnivel y proponerse como objetivo estratégico revertir la cancha simbólica inclinada. Asumir el gap simbólico podría ayudar a evitar el riesgoso camino que suele transitar el discurso opositor, centrado en oponerse a los que hacen, es decir, a los que gobiernan en tanto sujetos activos que ejecutan cosas.
Exigirle al Gobierno más hechos, o declarar que lo que hace es insuficiente, constituyen variaciones de este abordaje discursivo poco rentable, donde la oposición queda reducida al deserotizado rol de auditor, supervisor del protagista de la escena: el Gobierno. Pero existe un sendero alternativo, el de aventurarse al incierto desafío de construir e inventar (en su sentido más profundo y creador) antagonistas simbólicos amplios, de los cuales el Gobierno no sería más que una encarnación o una sustituación metonímica. Es la operación que viene realizando oposiciones de diferentes colores políticos: desde la construcción de “la casta” por parte de Podemos en España, pasando por el “PRIAN” (Pri + Pan) de López Obrador en Mexico, y llegando hasta rebelión de Trump contra la tiranía liberal de lo políticamente correcto. Podríamos incluir también a los populismos de derecha, como Vox, y sus narrativas sobre identidades y valores en riesgo.

Estos casos pueden ser ejemplos de liderazgos y espacios políticos que evitan quedar reducidos a la figura de una oposición administrativa , una oposición que audita, que reclama, que contrasta realidades versus promesas, como si las preferencias ciudadanas se alteraran a través de un excel. Más que auditar como si fuera una ONG, este tipo de oposición construye metáforas potentes y radicales mediante las cuales el malestar social puede ser traducido retóricamente como antagonismo político, y no como una competencia entre un Gobierno que hace y una oposición que dice. En síntesis, la decisión estratégica más importante que debe tomar una oposición radica en decidir: a qué se opone.

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