• Revista de comunicación política e institucional

Iván Duque, el nuevo presidente de Colombia

Iván Duque, abogado de solo 41 años y protagonista de una callada pero ascendente carrera política, resultó elegido como el presidente número 60 de Colombia, en una tirante segunda vuelta en la que, con el 53,98 % de los votos se impuso al férreo candidato de izquierda Gustavo Petro, que se quedó con el 41,81 %, mientras los votos en blanco sumaron 4,20 %.

Las primeras palabras de Duque, representante del Centro Democrático capitaneado por el expresidente Álvaro Uribe, han sido un llamado a una unidad nacional, en un intento por despolarizar un caldeado ambiente, no solo respecto al revanchismo de Petro y su proyecto Colombia Humana (contrario a todo lo que huela a statu quo), sino de modo extensivo a ciertos sectores radicales de derecha encumbrados por su propio padrino político.

Duque es hijo de un exministro y proviene de una familia tradicional. Se formó en Colombia pero ha pasado la mayor parte de su vida profesional y adulta entre el circuito burocrático y académico de Washington, al que llegó espoleado por el propio actual presidente, Juan Manuel Santos, para ser repatriado por Álvaro Uribe, quien le abrió las puertas del legislativo y permitió el ascenso de su candidatura.

Pese a un «no más divisiones», al que apela Iván Duque, y a los acercamientos discursivos tanto suyos como de Petro en la segunda vuelta para pescar en los huérfanos votos del centro, no se prevé un panorama de reconciliación: los ajustes al proceso de paz, las políticas de seguridad, la visión tradicional católica de familia, el enfoque económico y de desarrollo son característicos del centroderecha, mientras que Petro ha anunciado que desde el Congreso y las calles hará una dura oposición con miras a repavimentar su futuro.

La agenda del nuevo mandatario

En el panorama le esperan varios desafíos. Aunque ganó en numerosos departamentos y contará con mayorías en el Congreso, los partidos se han visto disminuidos frente a liderazgos personalistas y oportunistas, no siempre fiables, sin contar con un innegable avance de la izquierda especialmente en algunas ciudades vitales y a pesar del pésimo arranque de las FARC como opción. Esta reafirmada bipolaridad ideológica, si bien no es tan extrema como en ocasiones se plantea, sí ofrece una alta polarización que no es conveniente en términos de gobernabilidad y para los breves cuatro años que tendrá su gobierno (la reelección en Colombia, recuperada por el uribismo, por fin fue dejada atrás).

El conflicto armado y el narcotráfico aún dejan secuelas que, así como condicionan la cooperación con Estados Unidos en tiempos de America First de Donald Trump, Europa y buena parte del mundo lo juzgarán por hacer avanzar o retroceder al país en su pacificación (recordemos que vienen siendo asesinados numerosos líderes sociales en las provincias y la guerrilla del ELN está en mora de negociar o volver a la guerra). Guste o no a los uribistas, el legado de Santos es un país con menos muertes que no puede alterarse.

Ambientalmente, como lo demuestran las secuelas del cambio climático y el reciente fracaso en el encauce del río Cauca con miras a la represa de Hidroituango, Colombia deberá afirmar su natural potencial medioambiental con políticas progresistas y no solo extractivistas —incluso ilegales en el sector minero—, que deben ir más allá de la propuesta millennial de economía naranja enfocada en servicios y tecnologías no industriales de Duque. Así como la economía deberá cuidar su potencial en hidrocarburos y gas en tiempos de un precio inestable del petróleo, es tiempo de comenzar a aprovechar los recursos eólicos y solares, así como otras fuentes para plantear una ruta de energías renovables.

Colombia tiene el desafío de generar inclusión social, cobertura de salud y un modelo de verdadera educación democrática que, si bien no puede satanizar a los sectores privados, sí debe proveer una sociedad más igualitaria. Y es que sin equidad no habrá posconflicto, desde una capital como Bogotá que se perfila como una megalópolis andina y un país multicultural en el que el censo está por arrojar un saldo de 50 millones de habitantes.

Y no sobra mencionar dos fantasmas que seguirán merodeando al nuevo presidente: la corrupción, enquistada en diversos sectores políticos y privados en torno al clientelismo y la contratación pública, y una frontera porosa e inamovible con Venezuela, que representa un drama humanitario y político al que no se le puede dar la espalda, con un líder llamado Nicolás Maduro que, a pesar de su inmadurez, no le dejará dormir plácidamente.

Este es el panorama crudo, pero también hay que considerar que estos comicios fueron históricos, con la participación más alta en 20 años para un balotaje, con una organización eficiente y sin rastros de violencia, además de presentar el nombre de Martha Lucía Ramírez como primera mujer vicepresidenta. Si todo esto es un aceptable presagio, por ahora los colombianos tienen derecho a los anestésicos placeres del Mundial de Fútbol.

Este artículo fue publicado originalmente en el diario dialogopolitico.

Compartir
Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterEmail this to someone