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Crisis de la Socialdemocracia, muerte de la sociedad: 1985-2017

En mayo de 1979, Thatcher gana las elecciones y en enero de 1981, Reagan se convierte en presidente de los Estados Unidos. Con ellos llega la doctrina del goteo hacia abajo –trikle-down– es decir, hagamos a los ricos tan ricos que les tenga que sobrar algo, ese algo será suficiente como para que el resto de la población exista. F. Hayek, M. Friedman y la Escuela de Chicago toman las riendas ideológicas de occidente. Se aceleran los funerales por el keynesianismo.  Mientras, se sucede la muerte de dos presidentes soviéticos hasta la elección de M. Gorvachov, en marzo de 1985. Se inicia la llamada perestroika, un proceso de reformas internas que termina con la disolución de la Unión Soviética. En febrero de 1986, Olof Palme, el padre de la tercera vía socialdemócrata, es asesinado, hoy nadie sabe quién lo mató ni por qué. Entre 1980 y 1988, Saddam Hussein, frena el avance de los ayatolás. En 1989, los muyaidines, con el inestimable apoyo estadunidense expulsan a los soviéticos de Afganistán.

Esta es la síntesis de una coyuntura, la que contextualiza la llamada crisis de la socialdemocracia y del Wohlfahrtsstaat. Aunque sus orígenes se pueden rastrear incluso antes de la dela depresión del 29, en las teorías económicas de Alfred Marshall, la socialdemocracia había sido un producto ad hoc. Tres son los fundamentos que explican su existencia: el terror de las oligarquías occidentales a la expansión soviética tras 1945; la política estadounidense de créditos para reconstruir Europa y Japón; y el óptimo desarrollo de las comunicaciones, que permitía la importación eficiente –barata/rápida– de materias primas, fuentes de energía y mano de obra del tercer mundo. De este modo, encontramos el desarrollo de un capitalismo amable, capaz de generar una sociedad benefactora con carreteras, hospitales, universidades y salarios que propician el ahorro –básico para el desarrollo financiero– y el consumo. Por primera vez en la historia, los trabajadores alemanes, franceses o italianos podían ir de vacaciones, coches, televisores e incluso mandar a sus hijos a estudiar derecho o medicina.

Pero durante en los años noventa del siglo XX, estas tres condiciones desaparecen. Por una parte, el terror soviético se extingue y con él, el horizonte revolucionario se revela fracasado. La izquierda real, aquella que pretende otra sociedad, el hombre nuevo, se desintegra. Ni siquiera el eurocomunismo resiste –dos símbolos: Berlinguer muere en 1984 y Carrillo es expulsado del PCE en el 85–. Por otra, Estados Unidos entra en una lenta desaceleración resultado del elevado gasto militar y de una mala gestión de la crisis del petróleo. El síndrome de Vietnam se extiende en la sociedad norteamericana. Y por último, avanza el proceso de deslocalización productiva y surgen nuevas potencias que ya no se muestran tan complacientes con Europa o Estados Unidos, es la hora de India, México, pero sobre todo, de China.

A principios de del siglo XXI los pilares de la socialdemocracia han sido dinamitados. La vieja dinámica del capitalismo salvaje, la smithiana, se impone  y se combina con un nuevo factor decisivo, el de las hipercomunicaciones, que abstrae la capacidad de negocio haciéndolo mucho más rápido y sobre todo, separándolo de los anclajes materiales –energías, materias primas, productos, personas–. Los Estados, las Instituciones, la política, quedan a merced de  intereses especulativos globales e incluso el concepto economía se confunde con el de negocio.

Si en los años sesenta Foucault denunciaba la muerte del hombre, hoy, quizá la desaparición de la socialdemocracia anuncie la muerte de la sociedad tal y como se definió en la Ilustración. La política ha muerto. Un nuevo nihilismo sobreviene, la post-verdad, es decir, mercado y biomercado.

Escrito por:

Mariano Monge Juárez

Universidad de Alicante

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