• Revista de comunicación política e institucional

CAMBIEMOS: CEOs, EGOS Y FUTURO

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Por Fernando Pittaro (consultor político y asesor en estrategias de comunicación).

Resumen

El artículo analiza la conformación interna de la coalición Cambiemos que llevó al poder a Mauricio Macri en Argentina en 2015. Indaga en su diseño institucional, el rol de los principales actores, las tensiones que desatan distintas miradas sobre el enfoque político y comunicacional de la alianza y los desafíos que tiene por delante en un año electoral.

Palabras clave: coalición; Cambiemos; comunicación política; narrativas; Argentina.

No. Cambiemos no es una coalición de gobierno. Es, antes que nada, un brillante concepto del marketing político que pluraliza y engloba un universo de identidades ideológicas que estaban dispersas y huérfanas de representación en la sociedad argentina luego del 2001. Al menos, un 30% de electores unidos por una misma bandera con triple significado: no somos peronistas, sí somos antikirchneristas y, por fin, un grito positivo: somos Cambiemos. Pero Cambiemos es más que eso. Es una coalición electoral donde cada actor cumple un rol clave: el PRO concentra las decisiones desde el Poder Ejecutivo, la UCR articula la agenda legislativa y da sostén territorial en todo el país y la Coalición Cívica pretende ser el filtro ético de las decisiones más polémicas del gobierno. Esta división de roles quedó marcada a fuego luego del resultado de las Primarias de agosto de 2015 donde los tres socios midieron fuerzas. Allí, el espacio liderado por Mauricio Macri obtuvo una victoria aplastante: 81,33% y 5.523.413 votos. Así nació un fenómeno novedoso dentro de un sistema político que aún busca algún marco de normalidad para reacomodarse. En un país hiperpresidencialista surgió (¿y se consolida?) un presidencialismo de coalición electoral y parlamentaria. Eso sí es Cambiemos. Un experimento sui generis que engloba algunos elementos singulares que vale la pena rescatar.

En primer lugar, carga en sus espaldas con el fracaso estrepitoso del último intento de coalición en Argentina: la Alianza y el fatídico final de 2001. Cambiemos encierra, además, una doble excepcionalidad: por primera vez gobierna un presidente que no pertenece a ningún partido tradicional y, además, lo hace fruto de una coalición. No es menor el hecho de que gobierne en minoría en ambas cámaras por lo que está obligado a negociar cada ley de manera separada con una oposición fragmentada que, dependiendo el tema, a veces coopera y a veces bloquea. Y es en este último punto donde el PRO concentra el antídoto y el veneno a la vez. Y me refiero a que para buscar mayorías circunstanciales necesita echar mano a lo que vulgarmente se llama “rosca”. Y aquí aparecen al menos dos maneras de entender la política y gestionar la coyuntura. La primera está en el ADN del PRO y supone que la política muchas veces es un obstáculo para llevar adelante determinadas iniciativas. Según esta premisa, la burocracia estatal obstaculiza los criterios de eficiencia. Es decir, el corazón del poder desconfía de la política como forma de administrar el Estado. Y esta visión puesta en práctica no hace otra cosa que generar cortocircuitos permanentes con los propios aliados que luego se traduce en chispazos internos y desacuerdos públicos. Si las plantillas del Excel y la rosca no se dan la mano, el riesgo de fracasar es demasiado alto.

Del otro lado, un ala minoritaria pero esencial, destaca a la política como principal aliada de la gestión. Quien mejor resumió esta mirada fue el presidente de la Cámara de Diputados, Emilio Monzó al afirmar que “sobre eso (la rosca) se basa la confianza para sacar los acuerdos, las leyes para sacar el país adelante, eso no se hace de manera virtual, no se hace con las redes sino de manera personal”. ¿Y qué pasa, entonces, cuando la política espera sentada su turno? Se cometen errores por partida doble: por sobrestimar la comunicación y por subestimar la política. En definitiva, si las planillas del Excel y la rosca no se dan la mano, el riesgo de fracasar es demasiado alto. Porque no alcanza con realizar mesas de coordinación para comunicar herramientas de campaña y “bajar” un discurso. Si no hay consenso en las políticas públicas y hay desconfianza entre los actores da igual que repitan el guión de memoria. La comunicación no puede hacer magia.

Cambiemos es una coalición que está aprendiendo a gobernar al mismo tiempo que aprende a convivir con sus aliados. Como esas parejas precoces que se conocen, se casan y conviven casi en simultáneo. Ya llevan casi cuatro años de cohabitación. Y de cara a un nuevo test electoral quizás toque revisar su manual de instrucciones. De mínima, deberían generar espacios institucionales donde dirimir internas, coordinar políticas públicas y acordar una agenda de prioridades. De lo contrario, la coalición empezará a resquebrajarse por dentro y pondrá en juego lo que fue su mayor capital simbólico: la confianza. Y eso, ni el mejor equipo de los últimos 50 años podrá resolverlo.

Artículo publicado originalmente en el Nº 37 de MPL. 

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