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Apelar al pueblo: un arma de doble filo

El éxito del discurso que niega la delegación como mecanismo de articulación política y reclama decidir más y sobre más cosas es la precondición que antecede al uso del referéndum en tanto que instrumento arriesgado de refuerzo gubernamental.

Como hace ya algunos años señalaba una película que luego se convertiría en film de culto, “los tiempos están cambiando, las personas están cambiando” y la política también cambia con ellos o quizás ellos con la política. La cuestión es que en los últimos años la técnica del referéndum se ha popularizado.

La crisis que atraviesa el modelo democrático representativo de raíz europea hace que ganar elecciones ya no sea suficiente, ni siquiera cuando se hace por mucho, para gozar de legitimidad en las distintas decisiones que se ejecutan en virtud del programa con el que se llega a un gobierno. La tendencia pluralista de las sociedades y partidos impide la uniformidad de posiciones ante una medida, reclamando un desempate entre facciones.

Ante una medida compleja que puede suponer tanto división interna como futuro coste de oportunidad se reduce el riesgo al máximo traspasando la capacidad decisoria al objeto sobre el que esa decisión se aplica. De esta forma, la responsabilidad del cargo tan solo es poner en marcha el mandato popular, que por su propia naturaleza, invalida cualquier intento estratégico de oposición al mismo. Es una perversa y efectiva forma de allanar un debate público.

A simple vista puede parecer sencillo. Un político somete X cuestión a votación y se aplica el dictamen de los ciudadanos. Cualquiera pensaría que el político tiene todo controlado, marca los tiempos y escoge la fecha sabiendo que va a ganar, pero los últimos resultados nos muestran cuán equivocados estábamos.

Si el escenario previo a la decisión de convocar un referéndum tiene dos rasgos característico:  división social y división política especialmente en la propia bancada sobre la medida a implementar, el posicionamiento del convocante puede ser igualmente doble. En caso de que el tema encabezara la temática política nacional su implicación será máxima y ligará su futuro al resultado, convirtiendo implícitamente la disyuntiva en un plebiscito sobre su continuidad (asunto que puede maquillar una decisión impopular bajo una buena gestión global o fuerte carisma). Por el contrario, si el tema resulta periférico al debate político, la implicación será más del partido que de la propia persona, impulsando una lectura de resultados sectorial y no permitiendo su influencia en la actividad política general.

Los tres referéndums que noquearon a la política durante el 2016 (Reino Unido, Colombia e Italia) se pueden situar en el primer modelo. Casualmente, ninguno de los tres respondió a la finalidad estratégica más allá del tema concreto de sus convocantes. Cameron, Santos y Renzi, con diferentes respuestas individuales, no salieron reforzados de una convocatoria que pretendía respaldar definitivamente a unos gobiernos con positivos resultados electorales. Las derrotas en Reino Unido y Colombia son especialmente dolorosas por el trasfondo histórico que tienen. Reino Unido, de acuerdo con Thatcher, siempre fue euroescéptico y se mantuvo al margen en ciertos asuntos. Cameron parecía tener todo bajo control, pero los resultados fueron demoledores para su legitimidad. En el caso de Colombia, las FARC han sido un asunto de Estado y ahora más si cabe. Parte de la población (mayormente urbana) entendió que las concesiones eran excesivas.

El error, que costó la dimisión de dos de los principales líderes europeos, se debe a que el referéndum no acalló las diferencias sino que permitió su cruenta expresión pública. El debate intenso unido al resultado adverso al pedido expresamente por el líder solo conlleva la caída, a pesar de que ambos –Cameron y Renzi– llegaron a esas convocatorias con un saludable estado parlamentario.

Es cierto que apelar al pueblo puede permitir de forma rápida y eficaz superar las tediosas diferencias parlamentarias e internas. Eso sí, el comportamiento electoral de un referéndum no es comparable al de una convocatoria general.

La propia idea de poder inesperado y potente que se le da a la gente, permite promover un voto rupturista que evalúe menos el coste de oportunidad entre opciones que en unas normalizadas elecciones cuyas lógicas ya han sido totalmente asimiladas.

Un mecanismo tan eficaz trae consigo unos peligros indiscutibles para quien lo impulse. Los referéndums pueden solventar un conflicto y potenciar enormemente tu popularidad o pueden hundirte. Esta especie de all-in en política no permite la ambigüedad en la mayoría de casos y obliga al político a tomar partido. 2016 ha sido el año de las derrotas y de los fallos de cálculo que dejan una interesante situación. Porque sí, los tiempos están cambiando, pero ¿están los políticos dispuestos a asumir los riesgos que esto conlleva? La era de lo popular donde la pulsión por elegir amortiza liderazgos, discursos y partidos en cuestión de minutos, requiere de un obsesivo control de la realidad popular de la que se pretende recargar legitimidad para no conseguir, con el medio preciso para el tiempo, un fin contrario al buscado.

Por José Miguel Rojo Martínez y José Luis Ros López.

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